TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en el Jubileo por las familias, los niños, los abuelos y los ancianos

ПОЛНЫЙ ТЕКСТ: Гомилия Папы Льва XIV, посвященная юбилею семьи, детей, бабушек и дедушек и пожилых людей

Por el Papa León XIV

Sala de Prensa de la CNA, 1 de junio de 2025. 07:18 am

El Papa León XIV pronunció la siguiente homilía el domingo 1 de junio de 2025 con motivo del Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús, en la Última Cena, orando por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios, hecho hombre, al acercarse al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se hace bendición, oración de petición y alabanza al Padre, en la fuerza del Espíritu Santo. Al entrar nosotros mismos, llenos de asombro y confianza, en la oración de Jesús, nos convertimos, gracias a su amor, en parte de un gran plan que concierne a toda la humanidad.

Cristo reza para que "todos seamos uno" (v. 21). Este es el mayor bien que podemos desear, pues esta unión universal realiza entre sus criaturas la eterna comunión de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.

El Señor no quiere que, en esta unidad, seamos una multitud sin nombre y sin rostro. Quiere que seamos uno: "Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros" (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, pues, una comunión fundada en el mismo amor con el que Dios ama, que trae vida y salvación al mundo. Como tal, es en primer lugar un don que Jesús viene a traer. Desde su corazón humano, el Hijo de Dios ora al Padre con estas palabras: "Yo en ellos y tú en mí, para que sean una sola cosa, a fin de que el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (v. 23).

Escuchemos con asombro estas palabras. Jesús nos está diciendo que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos de lo que ama a su Hijo unigénito. Es decir, con un amor infinito. Dios no ama menos, porque ama primero, ¡desde el principio! Cristo mismo da testimonio de ello cuando dice al Padre: "Me amaste antes de la fundación del mundo" (v. 24). Y así es: en su misericordia, Dios siempre ha querido atraer a todos hacia sí. Es su vida, otorgada en Cristo, la que nos hace uno, uniéndonos los unos a los otros.

Escuchar este Evangelio hoy, en el Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos, nos llena de alegría.

Queridos amigos, recibimos la vida antes de desearla. Como dijo el Papa Francisco: "todos somos hijos e hijas, pero ninguno eligió nacer" (Ángelus, 1 de enero de 2025). Y no sólo eso. Nada más nacer, necesitamos de los demás para vivir; solos, no habríamos sobrevivido. Alguien nos salvó cuidando de nosotros en cuerpo y espíritu. Todos estamos vivos hoy gracias a una relación, una relación libre y liberadora de bondad humana y cuidado mutuo.

Esa bondad humana a veces es traicionada. Como, por ejemplo, cada vez que se invoca la libertad no para dar la vida, sino para quitarla, no para ayudar, sino para herir. Sin embargo, incluso ante el mal que se opone y quita la vida, Jesús sigue rezando al Padre por nosotros. Su oración actúa como un bálsamo para nuestras heridas; nos habla de perdón y reconciliación. Esa oración hace plenamente significativa nuestra experiencia de amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Eso es lo que queremos proclamar al mundo: estamos aquí para ser "uno" como el Señor quiere que seamos "uno", en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos. Diferentes, pero uno; muchos, pero uno; siempre, en cada situación y en cada etapa de la vida.

Queridos amigos, si nos amamos así, cimentados en Cristo, que es "el Alfa y la Omega", "el principio y el fin" (cf. Ap 22,13), seremos signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No lo olvidemos: las familias son la cuna del futuro de la humanidad.

En las últimas décadas, hemos recibido un signo que nos llena de alegría, pero que también nos hace reflexionar. Es el hecho de que varios cónyuges han sido beatificados y canonizados, no por separado, sino como matrimonios. Pienso en Louis y Zélie Martin, padres de santa Teresita del Niño Jesús; y en los beatos Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, que formaron una familia en Roma en el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia Ulma, de Polonia: padres e hijos, unidos en el amor y en el martirio. He dicho que éste es un signo que nos hace reflexionar. Al señalarlos como testigos ejemplares de la vida conyugal, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza matrimonial para conocer y acoger el amor de Dios y para vencer, gracias a su fuerza unificadora y reconciliadora, las fuerzas que resquebrajan las relaciones y las sociedades.

Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, recuerdo a todos los matrimonios que el matrimonio no es un ideal, sino la medida del verdadero amor entre un hombre y una mujer: un amor total, fiel y fecundo (cf. SAN PABLO VI, Humanae vitae, 9). Este amor os hace una sola carne y os permite, a imagen de Dios, conceder el don de la vida.

Os animo, pues, a ser ejemplos de integridad para vuestros hijos, actuando como queréis que actúen, educándolos en la libertad a través de la obediencia, viendo siempre lo bueno que hay en ellos y encontrando el modo de alimentarlo. Y vosotros, queridos hijos, mostrad gratitud a vuestros padres. Decir "gracias" cada día por el don de la vida y por todo lo que conlleva es la primera manera de honrar a vuestro padre y a vuestra madre (cf. Ex 20,12). Por último, queridos abuelos y ancianos, os recomiendo que veléis por vuestros seres queridos con sabiduría y compasión, y con la humildad y la paciencia propias de la edad.

En la familia, la fe se transmite junto con la vida, generación tras generación. Se comparte como la comida en la mesa familiar y como el amor en nuestros corazones. De este modo, las familias se convierten en lugares privilegiados de encuentro con Jesús, que nos ama y desea nuestro bien, siempre.

Permítanme añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos da esperanza en nuestro camino, nos recuerda también que un día todos seremos uno unum (cf. San Agustín, Sermo super Ps. 127): uno en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también nuestros padres, madres, abuelas, abuelos, hermanos, hermanas e hijos, que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y cuya presencia sentimos aquí, junto a nosotros, en este momento de celebración.

Salud a Dios.

Parte:
TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en el Jubileo por las familias, los niños, los abuelos y los ancianos TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV en el Jubileo por las familias, los niños, los abuelos y los ancianos Por el Papa León XIV Sala de Prensa de la CNA, 1 de junio de 2025. 07:18 amEl Papa León XIV pronunció la siguiente homilía el domingo 1 de junio de 2025 con motivo del Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos en la Plaza de San Pedro del Vaticano.El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús, en la Última Cena, orando por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios, hecho hombre, al acercarse al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se hace bendición, oración de petición y alabanza al Padre, en la fuerza del Espíritu Santo. Al entrar nosotros mismos, llenos de asombro y confianza, en la oración de Jesús, nos convertimos, gracias a su amor, en parte de un gran plan que concierne a toda la humanidad.Cristo reza para que "todos seamos uno" (v. 21). Este es el mayor bien que podemos desear, pues esta unión universal realiza entre sus criaturas la eterna comunión de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.El Señor no quiere que, en esta unidad, seamos una multitud sin nombre y sin rostro. Quiere que seamos uno: "Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros" (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, pues, una comunión fundada en el mismo amor con el que Dios ama, que trae vida y salvación al mundo. Como tal, es en primer lugar un don que Jesús viene a traer. Desde su corazón humano, el Hijo de Dios ora al Padre con estas palabras: "Yo en ellos y tú en mí, para que sean una sola cosa, a fin de que el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (v. 23).Escuchemos con asombro estas palabras. Jesús nos está diciendo que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos de lo que ama a su Hijo unigénito. Es decir, con un amor infinito. Dios no ama menos, porque ama primero, ¡desde el principio! Cristo mismo da testimonio de ello cuando dice al Padre: "Me amaste antes de la fundación del mundo" (v. 24). Y así es: en su misericordia, Dios siempre ha querido atraer a todos hacia sí. Es su vida, otorgada en Cristo, la que nos hace uno, uniéndonos los unos a los otros.Escuchar este Evangelio hoy, en el Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos, nos llena de alegría.Queridos amigos, recibimos la vida antes de desearla. Como dijo el Papa Francisco: "todos somos hijos e hijas, pero ninguno eligió nacer" (Ángelus, 1 de enero de 2025). Y no sólo eso. Nada más nacer, necesitamos de los demás para vivir; solos, no habríamos sobrevivido. Alguien nos salvó cuidando de nosotros en cuerpo y espíritu. Todos estamos vivos hoy gracias a una relación, una relación libre y liberadora de bondad humana y cuidado mutuo.Esa bondad humana a veces es traicionada. Como, por ejemplo, cada vez que se invoca la libertad no para dar la vida, sino para quitarla, no para ayudar, sino para herir. Sin embargo, incluso ante el mal que se opone y quita la vida, Jesús sigue rezando al Padre por nosotros. Su oración actúa como un bálsamo para nuestras heridas; nos habla de perdón y reconciliación. Esa oración hace plenamente significativa nuestra experiencia de amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Eso es lo que queremos proclamar al mundo: estamos aquí para ser "uno" como el Señor quiere que seamos "uno", en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos. Diferentes, pero uno; muchos, pero uno; siempre, en cada situación y en cada etapa de la vida.Queridos amigos, si nos amamos así, cimentados en Cristo, que es "el Alfa y la Omega", "el principio y el fin" (cf. Ap 22,13), seremos signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No lo olvidemos: las familias son la cuna del futuro de la humanidad.En las últimas décadas, hemos recibido un signo que nos llena de alegría, pero que también nos hace reflexionar. Es el hecho de que varios cónyuges han sido beatificados y canonizados, no por separado, sino como matrimonios. Pienso en Louis y Zélie Martin, padres de santa Teresita del Niño Jesús; y en los beatos Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, que formaron una familia en Roma en el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia Ulma, de Polonia: padres e hijos, unidos en el amor y en el martirio. He dicho que éste es un signo que nos hace reflexionar. Al señalarlos como testigos ejemplares de la vida conyugal, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza matrimonial para conocer y acoger el amor de Dios y para vencer, gracias a su fuerza unificadora y reconciliadora, las fuerzas que resquebrajan las relaciones y las sociedades.Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, recuerdo a todos los matrimonios que el matrimonio no es un ideal, sino la medida del verdadero amor entre un hombre y una mujer: un amor total, fiel y fecundo (cf. SAN PABLO VI, Humanae vitae, 9). Este amor os hace una sola carne y os permite, a imagen de Dios, conceder el don de la vida.Os animo, pues, a ser ejemplos de integridad para vuestros hijos, actuando como queréis que actúen, educándolos en la libertad a través de la obediencia, viendo siempre lo bueno que hay en ellos y encontrando el modo de alimentarlo. Y vosotros, queridos hijos, mostrad gratitud a vuestros padres. Decir "gracias" cada día por el don de la vida y por todo lo que conlleva es la primera manera de honrar a vuestro padre y a vuestra madre (cf. Ex 20,12). Por último, queridos abuelos y ancianos, os recomiendo que veléis por vuestros seres queridos con sabiduría y compasión, y con la humildad y la paciencia propias de la edad.En la familia, la fe se transmite junto con la vida, generación tras generación. Se comparte como la comida en la mesa familiar y como el amor en nuestros corazones. De este modo, las familias se convierten en lugares privilegiados de encuentro con Jesús, que nos ama y desea nuestro bien, siempre.Permítanme añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos da esperanza en nuestro camino, nos recuerda también que un día todos seremos uno unum (cf. San Agustín, Sermo super Ps. 127): uno en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también nuestros padres, madres, abuelas, abuelos, hermanos, hermanas e hijos, que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y cuya presencia sentimos aquí, junto a nosotros, en este momento de celebración. Salud a Dios.
Por el Papa León XIV Sala de Prensa de la CNA, 1 de junio de 2025. 07:18 amEl Papa León XIV pronunció la siguiente homilía el domingo 1 de junio de 2025 con motivo del Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos en la Plaza de San Pedro del Vaticano.El Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús, en la Última Cena, orando por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios, hecho hombre, al acercarse al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se hace bendición, oración de petición y alabanza al Padre, en la fuerza del Espíritu Santo. Al entrar nosotros mismos, llenos de asombro y confianza, en la oración de Jesús, nos convertimos, gracias a su amor, en parte de un gran plan que concierne a toda la humanidad.Cristo reza para que "todos seamos uno" (v. 21). Este es el mayor bien que podemos desear, pues esta unión universal realiza entre sus criaturas la eterna comunión de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.El Señor no quiere que, en esta unidad, seamos una multitud sin nombre y sin rostro. Quiere que seamos uno: "Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros" (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, pues, una comunión fundada en el mismo amor con el que Dios ama, que trae vida y salvación al mundo. Como tal, es en primer lugar un don que Jesús viene a traer. Desde su corazón humano, el Hijo de Dios ora al Padre con estas palabras: "Yo en ellos y tú en mí, para que sean una sola cosa, a fin de que el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí" (v. 23).Escuchemos con asombro estas palabras. Jesús nos está diciendo que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos de lo que ama a su Hijo unigénito. Es decir, con un amor infinito. Dios no ama menos, porque ama primero, ¡desde el principio! Cristo mismo da testimonio de ello cuando dice al Padre: "Me amaste antes de la fundación del mundo" (v. 24). Y así es: en su misericordia, Dios siempre ha querido atraer a todos hacia sí. Es su vida, otorgada en Cristo, la que nos hace uno, uniéndonos los unos a los otros.Escuchar este Evangelio hoy, en el Jubileo de las familias, los niños, los abuelos y los ancianos, nos llena de alegría.Queridos amigos, recibimos la vida antes de desearla. Como dijo el Papa Francisco: "todos somos hijos e hijas, pero ninguno eligió nacer" (Ángelus, 1 de enero de 2025). Y no sólo eso. Nada más nacer, necesitamos de los demás para vivir; solos, no habríamos sobrevivido. Alguien nos salvó cuidando de nosotros en cuerpo y espíritu. Todos estamos vivos hoy gracias a una relación, una relación libre y liberadora de bondad humana y cuidado mutuo.Esa bondad humana a veces es traicionada. Como, por ejemplo, cada vez que se invoca la libertad no para dar la vida, sino para quitarla, no para ayudar, sino para herir. Sin embargo, incluso ante el mal que se opone y quita la vida, Jesús sigue rezando al Padre por nosotros. Su oración actúa como un bálsamo para nuestras heridas; nos habla de perdón y reconciliación. Esa oración hace plenamente significativa nuestra experiencia de amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Eso es lo que queremos proclamar al mundo: estamos aquí para ser "uno" como el Señor quiere que seamos "uno", en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos. Diferentes, pero uno; muchos, pero uno; siempre, en cada situación y en cada etapa de la vida.Queridos amigos, si nos amamos así, cimentados en Cristo, que es "el Alfa y la Omega", "el principio y el fin" (cf. Ap 22,13), seremos signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No lo olvidemos: las familias son la cuna del futuro de la humanidad.En las últimas décadas, hemos recibido un signo que nos llena de alegría, pero que también nos hace reflexionar. Es el hecho de que varios cónyuges han sido beatificados y canonizados, no por separado, sino como matrimonios. Pienso en Louis y Zélie Martin, padres de santa Teresita del Niño Jesús; y en los beatos Luigi y Maria Beltrame Quattrocchi, que formaron una familia en Roma en el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia Ulma, de Polonia: padres e hijos, unidos en el amor y en el martirio. He dicho que éste es un signo que nos hace reflexionar. Al señalarlos como testigos ejemplares de la vida conyugal, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza matrimonial para conocer y acoger el amor de Dios y para vencer, gracias a su fuerza unificadora y reconciliadora, las fuerzas que resquebrajan las relaciones y las sociedades.Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, recuerdo a todos los matrimonios que el matrimonio no es un ideal, sino la medida del verdadero amor entre un hombre y una mujer: un amor total, fiel y fecundo (cf. SAN PABLO VI, Humanae vitae, 9). Este amor os hace una sola carne y os permite, a imagen de Dios, conceder el don de la vida.Os animo, pues, a ser ejemplos de integridad para vuestros hijos, actuando como queréis que actúen, educándolos en la libertad a través de la obediencia, viendo siempre lo bueno que hay en ellos y encontrando el modo de alimentarlo. Y vosotros, queridos hijos, mostrad gratitud a vuestros padres. Decir "gracias" cada día por el don de la vida y por todo lo que conlleva es la primera manera de honrar a vuestro padre y a vuestra madre (cf. Ex 20,12). Por último, queridos abuelos y ancianos, os recomiendo que veléis por vuestros seres queridos con sabiduría y compasión, y con la humildad y la paciencia propias de la edad.En la familia, la fe se transmite junto con la vida, generación tras generación. Se comparte como la comida en la mesa familiar y como el amor en nuestros corazones. De este modo, las familias se convierten en lugares privilegiados de encuentro con Jesús, que nos ama y desea nuestro bien, siempre.Permítanme añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos da esperanza en nuestro camino, nos recuerda también que un día todos seremos uno unum (cf. San Agustín, Sermo super Ps. 127): uno en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también nuestros padres, madres, abuelas, abuelos, hermanos, hermanas e hijos, que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y cuya presencia sentimos aquí, junto a nosotros, en este momento de celebración. Salud a Dios.