Por Nicolás de Cárdenas
Personal de ACI Prensa, Dic 14, 2024 / 08:00 am
En 1944, el padre Patrick O'Connor, sacerdote irlandés y miembro de la Sociedad Misionera de San Columbano, publicó "Conocí un milagro: la historia de John Traynor, curado milagrosamente en Lourdes."
En el libro relata cómo, durante un viaje de 10 horas en tren a Lourdes el viernes 10 de septiembre de 1937, el marino de la Marina Real Jack Traynor le contó de primera mano cómo había sido curado en 1923 en el Santuario de Lourdes de las heridas incapacitantes que había sufrido a causa de su participación en la Primera Guerra Mundial.
Más de un siglo después, el 8 de diciembre de este año, el arzobispo de Lourdes, John Traynor, se reunió con el Papa Benedicto XVI. 8 de diciembre de este año, el arzobispo de Liverpool en el Reino Unido, Malcolm McMahon, anunció que la curación de Traynor ha sido reconocida como el 71º milagro atribuido a la intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.
O'Connor describió a Traynor como un "hombre corpulento, de 1,70 metros, con un rostro fuerte y rubicundo" que, según su biografía, "debería haber estado, si estuviera vivo, paralítico, epiléptico, cubierto de llagas, encogido, con el brazo derecho arrugado e inútil y un enorme agujero en el cráneo."
Traynor era, en opinión del misionero, un hombre "con su fe y piedad varoniles", sin pretensiones, "pero evidentemente un católico intrépido y militante". A pesar de haber recibido sólo una educación primaria, tenía "una mente clara enriquecida por la fe y preservada por una gran honestidad de vida"
Esto le permitió contar "con sencillez, sobriedad, exactitud" cómo fue curado en el lugar donde la Inmaculada Concepción se apareció a Santa Bernadette Soubirous en 1858.
O'Connor escribió el relato y se lo envió a Traynor, quien lo revisó y añadió nuevos detalles. Leyó el informe oficial de los médicos que le examinaron y buscó en las hemerotecas de la época para corroborar el relato.
Traynor nació en Liverpool, según algunas fuentes, en 1883. Su madre era una católica irlandesa que murió cuando Traynor era aún joven. "Pero su fe, su devoción a la misa y a la sagrada comunión -iba a diario cuando muy pocos lo hacían- y su confianza en la Virgen permanecieron con él como un fructífero recuerdo y ejemplo", recordó O'Connor.
Mobilizado al estallar la Primera Guerra Mundial, fue alcanzado por la metralla, que le dejó inconsciente durante cinco semanas. Enviado en 1915 a la fuerza expedicionaria a Egipto y al estrecho de los Dardanelos, entre Turquía y Grecia, participó en el desembarco de Gallipoli.
Durante una carga a bayoneta el 8 de mayo, fue alcanzado por 14 balas de ametralladora en la cabeza, el pecho y el brazo. Enviado a Alejandría, Egipto, fue operado tres veces en los meses siguientes para intentar suturar los nervios de su brazo derecho. Le ofrecieron amputárselo, pero se negó. Comenzaron los ataques epilépticos, y hubo una cuarta operación, también infructuosa, en 1916.
Fue dado de alta con una pensión del 100% "por invalidez permanente y total", relató el sacerdote misionero, y en 1920 se sometió a una operación en el cráneo para intentar curar la epilepsia. De aquella operación le quedó un agujero abierto "de unos dos centímetros de ancho" que fue cubierto con una placa de plata.
Para entonces sufría tres ataques al día y tenía las piernas parcialmente paralizadas. De vuelta a Liverpool, le pusieron una silla de ruedas y tuvieron que ayudarle a levantarse de la cama.
Habían pasado ocho años desde el desembarco en Gallipoli. Traynor fue tratado por 10 médicos que sólo pudieron atestiguar "que estaba completa e incurablemente incapacitado"
(La historia continúa más abajo)
Incapaz de caminar, con ataques epilépticos, un brazo inútil, tres heridas abiertas, "era realmente una ruina humana". Alguien se encargó de que ingresara en el Hospital para Incurables de Mossley Hill el 24 de julio de 1923. Pero para esa fecha Jack Traynor ya estaba en Lourdes", relató O'Connor.
Según el relato en primera persona escrito originalmente por O'Connor y corregido y adaptado por Traynor, el veterano marino siempre había sentido una gran devoción por María que le venía de su madre.
"Sentía que si el santuario de Nuestra Señora de Lourdes estuviera en Inglaterra, iría allí a menudo. Pero me parecía un lugar lejano al que nunca podría llegar", dijo Traynor.
Cuando se enteró de que se estaba organizando una peregrinación al santuario, decidió hacer todo lo posible por ir. Utilizó dinero reservado "para alguna emergencia especial" e incluso vendieron pertenencias. "Mi mujer incluso empeñó sus propias joyas"
Cuando se enteraron de su determinación, muchos intentaron disuadirle: "Morirás en el camino, serás un problema y un dolor para todos", le dijo un sacerdote.
"Todos, excepto mi mujer y uno o dos familiares, me dijeron que estaba loco", recordó.
La experiencia del viaje fue "muy dura", confesó Traynor, que se sintió muy mal durante el trayecto. Tanto que intentaron bajarle tres veces para llevarle a un hospital en Francia, pero en el lugar donde pararon no había hospital.
El domingo 22 de julio de 1923 llegaron al Santuario de Lourdes, en las estribaciones de los Pirineos franceses. Allí fue atendido por dos hermanas protestantes que le conocían de Liverpool y que se encontraban allí providencialmente.
La peregrinación de más de 1.200 personas fue encabezada por el arzobispo de Liverpool, Frederick William Keating.
A su llegada, Traynor se sintió "desesperadamente enfermo", hasta el punto de que "una mujer se encargó de escribir a mi esposa diciéndole que no había esperanza para mí y que me enterrarían en Lourdes."
A pesar de ello, "conseguí que me bajaran nueve veces a los baños en el agua del manantial de la gruta y me llevaron a las diferentes devociones a las que podían unirse los enfermos"
Al segundo día, sufrió un fuerte ataque epiléptico. Los voluntarios se negaron a meterle en las piscinas en ese estado, pero su insistencia no pudo ser vencida. "Desde entonces no he vuelto a tener un ataque epiléptico", recordó.
El martes 24 de julio, Traynor fue examinado por primera vez por los médicos del santuario, que dieron testimonio de lo ocurrido durante el viaje a Lourdes y detallaron sus dolencias.
El miércoles 25 de julio, "parecía estar tan mal como siempre" y, pensando en el viaje de vuelta previsto para el viernes 27 de julio, compró algunos recuerdos religiosos para su mujer y sus hijos con los últimos chelines que le quedaban.
Volvió a los baños. "Cuando estaba en el baño, mis piernas paralizadas temblaron violentamente", relató, causando alarma entre los voluntarios que atendían a los peregrinos en el santuario, creyendo que se trataba de otro ataque epiléptico. "Me esforcé por levantarme, sintiendo que podía hacerlo con facilidad", explicó.
De nuevo le colocaron en su silla de ruedas y le llevaron a la procesión del Santísimo Sacramento. El arzobispo de Reims, el cardenal Louis Henri Joseph Luçon, llevaba la custodia.
"Bendijo a los dos que estaban delante de mí, se acercó a mí, hizo la señal de la cruz con la custodia y pasó al siguiente. Acababa de pasar cuando me di cuenta de que se había producido un gran cambio en mí. Mi brazo derecho, que estaba muerto desde 1915, temblaba violentamente. Me arranqué las vendas y me crucé de brazos, por primera vez en años", declaró el propio Traynor.
"Que yo recuerde, no sentí ningún dolor repentino y, desde luego, no tuve ninguna visión. Simplemente me di cuenta de que había ocurrido algo trascendental", relató Traynor.
De vuelta al asilo, el antiguo hospital que hoy alberga las oficinas de la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes, comprobó que podía caminar siete pasos. Los médicos volvieron a examinarle y concluyeron en su informe que "había recuperado el uso voluntario de las piernas" y que "el paciente puede caminar con dificultad"
Esa noche, apenas pudo dormir. Como ya había cierto revuelo a su alrededor, varios voluntarios montaron guardia en su puerta. Por la mañana temprano, parecía que volvería a dormirse, pero "con un último suspiro, abrí los ojos y salté de la cama. Primero me arrodillé en el suelo para terminar el rosario que había estado rezando y luego corrí hacia la puerta"
Haciendo el camino, llegó descalzo y en pijama a la gruta de Massabielle, donde le siguieron los voluntarios: "Cuando llegaron a la gruta, yo estaba de rodillas, todavía en pijama, rezando a la Virgen y dándole las gracias. Sólo sabía que tenía que darle las gracias y que la gruta era el lugar adecuado para hacerlo"
Rezó durante 20 minutos. Cuando se levantó, una multitud le rodeó y le abrieron paso para dejarle volver al asilo.
"Al final de la plaza del Rosario se alza la estatua de la Virgen Coronada. Mi madre siempre me había enseñado que cuando pides un favor a la Virgen o quieres mostrarle alguna veneración especial, tienes que hacer un sacrificio. Yo no tenía dinero que ofrecer, pues había gastado mis últimos chelines en rosarios y medallas para mi mujer y mis hijos, pero allí, arrodillado ante la Virgen, hice el único sacrificio que se me ocurrió. Decidí dejar de fumar", explicó Traynor con tremenda sencillez.
"Durante todo este tiempo, aunque sabía que había recibido un gran favor de la Virgen, no recordaba con claridad toda la enfermedad que había tenido anteriormente", señaló en su relato.
Cuando terminó de prepararse, un sacerdote, el padre Gray, que no sabía nada de su curación, pidió que alguien le sirviera la misa, cosa que Traynor hizo: "No me pareció extraño que pudiera hacerlo, después de ocho años sin poder levantarme ni andar", dijo.
Traynor recibió la noticia de que el sacerdote que se había opuesto firmemente a que se uniera a la peregrinación quería verle en su hotel, situado en la ciudad de Lourdes, a las afueras del santuario. Le preguntó si se encontraba bien. "Le dije que estaba bien, gracias, y que esperaba que él también lo estuviera. A primera hora del viernes 27 de julio, los médicos volvieron a examinar a Traynor. Comprobaron que podía andar perfectamente, que su brazo derecho y sus piernas se habían recuperado por completo. La abertura en el cráneo resultante de la operación se había reducido considerablemente y no había vuelto a sufrir ataques epilépticos. A las nueve de la mañana, el tren de regreso a Liverpool estaba listo para salir de la estación de Lourdes, situada en la parte alta de la ciudad. Le habían dado un asiento en primera clase que, a pesar de sus protestas, tuvo que aceptar.
A mitad del trayecto, Keating fue a verle a su vagón de pasajeros. "Me arrodillé para que me diera su bendición. Me levantó diciendo: 'Jack, creo que debería tener tu bendición'. No entendía por qué lo decía. Luego me levantó y ambos nos sentamos en la cama. Mirándome, me dijo: 'Jack, ¿te das cuenta de lo enfermo que has estado y de que has sido curado milagrosamente por la Santísima Virgen?'"
"Entonces", continuó Traynor, "todo volvió a mí, el recuerdo de mis años de enfermedad y los sufrimientos en el viaje a Lourdes y lo enfermo que había estado en Lourdes. Empecé a llorar, y el arzobispo también, y los dos nos sentamos a llorar como dos niños. Después de hablar un rato con él, me tranquilicé. Como la noticia ya había llegado a Liverpool, le aconsejaron que escribiera un telegrama a su mujer. "No quise armar un escándalo con un telegrama, así que le envié este mensaje:
Este mensaje y la carta anunciando que su marido iba a morir en Lourdes eran toda la información que tenía su mujer, que no había visto los periódicos. Supuso que se había recuperado de su grave estado, pero que seguía en su estado "ruinoso".
La recepción en Liverpool fue el colofón. El arzobispo tuvo que dirigirse a la multitud para que se dispersara ante la mera visión de Traynor bajando del tren. "Pero cuando aparecí en el andén, se produjo una estampida" y tuvo que intervenir la policía. "Volvimos a casa y no puedo describir la alegría de mi mujer y mis hijos", dijo en su relato.
Taynor concluyó su relato explicando que en los años siguientes trabajó transportando carbón, levantando sacos de 90 kilos sin dificultad. Gracias a la providencia, pudo mantener bien a su familia.
Tres de sus hijos nacieron tras su curación en 1923. A una niña la llamó Bernadette, en honor a la vidente de Lourdes.
También relató la conversión de las dos hermanas protestantes que le cuidaban, junto con su familia y el pastor anglicano de su comunidad.
Desde entonces, Jack se ofreció voluntario para ir a Lourdes con regularidad hasta que murió en 1943, en vísperas de la solemnidad de la Inmaculada Concepción.
Paradójicamente, y a pesar de la evidencia fáctica de su recuperación, el Ministerio de Pensiones de Guerra nunca le revocó la pensión de invalidez que le fue concedida de por vida.
Esta historia fue publicada por primera vez por ACI Prensa, socio informativo de CNA en español. Ha sido traducida y adaptada por CNA.